El frágil Manuelito



El recuerdo canta en su dormida
Y el ardor de ese canto
pareciera un renacer sinuoso de lenguas y de bocas
La tierra entonces era un mar
agitado por el viento
Viento del mar de los cañaverales
cimbreantes las hojas por los besos
Mi padre
sólo un relumbre de los días
caminaba derechito hacia su muerte
Hay una inscripción en la piedra que dice:
Aún respiro en el deseo
Aún clamo en la vertiente que abrí de un tajo

Leonardo Martínez. Los ojos de lo fugaz. Ediciones del Dock, 2010

La estadística



Buenas,
yo soy el que aparece en la estadística
y lo agradezco,
me arreglaría con menos, sabe
pero a mis chicos les enseño
a usar la ropa de sus primos,
que no se tira el pan
sin intentar
transformarlo en budín o una tostada.

Bueno aquí estoy,
soy el habitante de la patagonia
vengo
por mi kilómetro cuadrado.

Rafael Urretabizcaya. Informe sobre Aves. La grieta, 2011.

Son dos manos desnudas, tan desnudas



En toda esa saciedad, urge una desgracia.
Deslizado en sábanas pulcrísimas piensa un infeliz.
En dulces nalgas piensa, sólo esa victoria.
De sus leales blancuras surgen animales sin suerte.
Arrancar un sueño para sí, esa violencia.
Atrapa un insecto. Muy cerca de sus ojos lo lastima.
Le quedan reflejos azules, pedazos de ala.


Laura Klein, A mano alzada, Libros de Tierra Firme, 1986



Canción, hendija y madera





Muelle el medio día
cien
las rabias de centímetros
serradas
sin aristas vivas siguen
no era todavía, no estaba, vendría
qué pasado inexistente
obligaba a caminar
las lustradas por los pasos cachacientos
carreritas peligrosas, aliado, al caer
contra los pedazos toscos de tierra mojada, piedras lisas
apiñando los pilotes como vigas verticales o andamio reforzado
soportando las maderas perpendiculares allanadas,
los caminantes vacuos, las mujeres aburridas y los inertes
pescadores colgados de las cañas apoyadas en los tirsos apaisados
bordas del mismo muelle como puente hasta la casa alta
y a dos aguas de altura
blanca y más lejos, esperando
entre las maderas, los pilotes, las barandas y la casa
el río avisaba
no por las olitas contra las barras,
por las líneas anzuelos de los inertes,
por la estrechada senda ni por la borda movible
sino
a causa primera de
las hendijas entre una
y otra tabla
en el momento en que
violentamente
el ángulo de los ojos
se mudaba de la raya horizontal distante
noventa grados sin intermedio
a la caída a pico hacia el agua inestable, enervada
revolviéndose por franjas secas
entre las hendijas del importuno muelle
medio día
mes de verano y otoño.
año de malconciencia pecadora
espiando como se diera, las hendijas.


Susana Cella. Río de la Plata. La Bohemia, 2001.


EN EL BOSQUE DE PINOS DE LAS MÁQUINAS




a Ricardo Zelarrayán

Máquinas vastas, máquinas fastuosas, máquinas enamoradas
de su trivial reiteración
cíclicas, lineales o iterativas: igual, indiferentes a la finali-
dad que les reclaman
órganos imantados por una sobrecarga de fines, medios
causas y condiciones que nadie imputaría a la voluntad
sus creadores
ni a la subordinación de los últimos que creyeron en ellas

Sumisión temblorosa a ritos, voluntad sostenida a gritos
voluntad de unas máquinas tenidas por expresión más
alta del amor en un tiempo mecánicamente acariciado
en estos tiempos que pocas veces terminan de vislumbrar
—en sueños— los creadores que las sirven

Máquinas superadas, despojos solitarios que en lo obsoleto
—su modo de morir— recuperan las marcas de su nacimiento

La voluntad de sus agentes
la voluntad de los que crean dispositivos a semejanza
imágenes de su pasión
la voluntad de quienes los operan aguardando un destino
mejor
la voluntad de servir sirviéndose cada cual a su turno del
azar ordenado y el cálculo
la voluntad de la monotonía y de las sucesiones del azar
y el cambio

El cambio
el cambio y su repetición
los reflejos

Hay máquinas pulidas que reflejan la luz deliberadamente
para evocar esa iluminación que no deben referir sus
manuales
empecinadas, opacadas, fresadas, empavonadas, tibias, pa-
vas, apabullantes
máquinas relegadas a contener la ebullición
o a detener el mundo en el instante en que incandece la
materia

Máquinas mudas, que callan o que, encalladas en los bal-
díos que rodeaba el zanjón, parecen a punto de gritar
fósiles demasiado recientes: metas fraguadas en metal
tempranamente desaparecidas

Máquinas irisadas, máquinas de contar y máquinas que
cuentan con tu pasión o que descuentan el tiempo rema-
nente de un juego
juego de los poetas, o de los chicos, o de hombres grandes
que apuestan a números, a caballos numerados o a códi-
gos binarios que representan el resultado de cotejar gru-
pos de once y once hombres parecidos
máquinas de once sílabas medidas
falsa arbitrariedad de la medida de las formas

Máquinas indecisas que nunca se detienen
máquinas divididas que se montan en aniversarios y catástrofes
y devuelven por unos días a la memoria el viejo
tema de la verdad
catequistas, instructores de vuelo, profesores de filosofía
partes del todo remuneradas para atenuar el miedo
colaboradores de la prensa: remunerados para testimoniar
las virtudes del fraude y no se entiende bien qué tipo de
goce vinculado al fraude
colaboradores de Clarín: captados por las cámaras para do-
cumentar una alegría de servir, aggiornatti.


Fogwill. Partes del todo. Sudamericana, 1998