Son dos manos desnudas, tan desnudas



En toda esa saciedad, urge una desgracia.
Deslizado en sábanas pulcrísimas piensa un infeliz.
En dulces nalgas piensa, sólo esa victoria.
De sus leales blancuras surgen animales sin suerte.
Arrancar un sueño para sí, esa violencia.
Atrapa un insecto. Muy cerca de sus ojos lo lastima.
Le quedan reflejos azules, pedazos de ala.


Laura Klein, A mano alzada, Libros de Tierra Firme, 1986



Canción, hendija y madera





Muelle el medio día
cien
las rabias de centímetros
serradas
sin aristas vivas siguen
no era todavía, no estaba, vendría
qué pasado inexistente
obligaba a caminar
las lustradas por los pasos cachacientos
carreritas peligrosas, aliado, al caer
contra los pedazos toscos de tierra mojada, piedras lisas
apiñando los pilotes como vigas verticales o andamio reforzado
soportando las maderas perpendiculares allanadas,
los caminantes vacuos, las mujeres aburridas y los inertes
pescadores colgados de las cañas apoyadas en los tirsos apaisados
bordas del mismo muelle como puente hasta la casa alta
y a dos aguas de altura
blanca y más lejos, esperando
entre las maderas, los pilotes, las barandas y la casa
el río avisaba
no por las olitas contra las barras,
por las líneas anzuelos de los inertes,
por la estrechada senda ni por la borda movible
sino
a causa primera de
las hendijas entre una
y otra tabla
en el momento en que
violentamente
el ángulo de los ojos
se mudaba de la raya horizontal distante
noventa grados sin intermedio
a la caída a pico hacia el agua inestable, enervada
revolviéndose por franjas secas
entre las hendijas del importuno muelle
medio día
mes de verano y otoño.
año de malconciencia pecadora
espiando como se diera, las hendijas.


Susana Cella. Río de la Plata. La Bohemia, 2001.


EN EL BOSQUE DE PINOS DE LAS MÁQUINAS




a Ricardo Zelarrayán

Máquinas vastas, máquinas fastuosas, máquinas enamoradas
de su trivial reiteración
cíclicas, lineales o iterativas: igual, indiferentes a la finali-
dad que les reclaman
órganos imantados por una sobrecarga de fines, medios
causas y condiciones que nadie imputaría a la voluntad
sus creadores
ni a la subordinación de los últimos que creyeron en ellas

Sumisión temblorosa a ritos, voluntad sostenida a gritos
voluntad de unas máquinas tenidas por expresión más
alta del amor en un tiempo mecánicamente acariciado
en estos tiempos que pocas veces terminan de vislumbrar
—en sueños— los creadores que las sirven

Máquinas superadas, despojos solitarios que en lo obsoleto
—su modo de morir— recuperan las marcas de su nacimiento

La voluntad de sus agentes
la voluntad de los que crean dispositivos a semejanza
imágenes de su pasión
la voluntad de quienes los operan aguardando un destino
mejor
la voluntad de servir sirviéndose cada cual a su turno del
azar ordenado y el cálculo
la voluntad de la monotonía y de las sucesiones del azar
y el cambio

El cambio
el cambio y su repetición
los reflejos

Hay máquinas pulidas que reflejan la luz deliberadamente
para evocar esa iluminación que no deben referir sus
manuales
empecinadas, opacadas, fresadas, empavonadas, tibias, pa-
vas, apabullantes
máquinas relegadas a contener la ebullición
o a detener el mundo en el instante en que incandece la
materia

Máquinas mudas, que callan o que, encalladas en los bal-
díos que rodeaba el zanjón, parecen a punto de gritar
fósiles demasiado recientes: metas fraguadas en metal
tempranamente desaparecidas

Máquinas irisadas, máquinas de contar y máquinas que
cuentan con tu pasión o que descuentan el tiempo rema-
nente de un juego
juego de los poetas, o de los chicos, o de hombres grandes
que apuestan a números, a caballos numerados o a códi-
gos binarios que representan el resultado de cotejar gru-
pos de once y once hombres parecidos
máquinas de once sílabas medidas
falsa arbitrariedad de la medida de las formas

Máquinas indecisas que nunca se detienen
máquinas divididas que se montan en aniversarios y catástrofes
y devuelven por unos días a la memoria el viejo
tema de la verdad
catequistas, instructores de vuelo, profesores de filosofía
partes del todo remuneradas para atenuar el miedo
colaboradores de la prensa: remunerados para testimoniar
las virtudes del fraude y no se entiende bien qué tipo de
goce vinculado al fraude
colaboradores de Clarín: captados por las cámaras para do-
cumentar una alegría de servir, aggiornatti.


Fogwill. Partes del todo. Sudamericana, 1998



Castigos



espiando por la cerradura del ropero adivinó que el hombre de
la bolsa
era un ángel vacío.

no la agobió la ducha helada
sino el vapor de sus lágrimas perfectas

la llevaron al cuarto donde estaba el perro
le hizo escuchar su corazón
y sintieron el terror
haciendo reverencias

se negó a tomar el mate cocido
(allí flotaba el pulgar del fantasma)
la Enfermera cortó los dedos del estupor
uniéndolos en la súplica a la Virgen

susurraba:
“jamás volveré a hacerlo
volveré a hacerlo”
pero la sonrisa del látigo
abría y abría
su ortopedia.

Alejandro Schmidt, Átomos, Casi Incendio la Casa, 2009


Cuestiones



Yo no sé si emigraron

los cielos extraviados que se buscan a tientas.


Yo no sé si defiende la noche el equilibrio
del animal que aúlla a la deriva,
si el olvido se acerca galopando,
o golpea temprano en las ventanas
del hombre que aún acecha.


Nunca supe siquiera dónde vive la muerte,

dónde están su taller,

sus herramientas.

Máximo Simpson, A fin de cuentas, Del árbol, 2008


Anábasis


(...)


Este es el tren del mundo y no puedo sino hablar

bien de él. —Fundación de la ciudad. Piedras y bronce.
Fuegos de zarzas en la aurora
        pusieron al desnudo esas grandes
        piedras verdes y aceitosas como fondos de templos,
de letrinas,
        y en la mar el navegante alcanzado por nuestros
humos observó que la tierra, hasta su cumbre, había
cambiado de imagen (grandes artigas vistas desde alta
mar y esos trabajos de captación de aguas vivas en la
montaña).

        Y así la ciudad fue fundada y colocada en la mañana
bajo las labiales de un nombre puro. Los campamentos
desaparecen de las colinas. Y los que allí quedamos en
las galerías de madera,
        la cabeza desnuda, los pies descalzos en el frescor del
mundo,
        ¿de qué, pues, nos reiremos; sí, de qué nos reiremos
        desde nuestros asientos, ante un desembarco de muchachas y mulas?
        ¿y qué vamos a decir, desde el alba, de todo ese
pueblo bajo las velas? - ¡Llegadas de la harina...! Los
        navíos, más altos que Ilión, bajo el pavo real blanco del
        cielo, habiendo franqueado la barra, se paraban
        en ese punto muerto, donde flota el cadáver de un
asno. (Se trata de encauzar ese pálido río, sin destino,
        un color de langosta aplastada en su savia.)


Alexis Saint-John Perse, Anábasis, Visor, 2002



DE LA ANATOMIA DEL ALMA




            El alma de los verdugos presenta tres orifi-
cios: uno conectado con la parte alta de la cabe-
za, el otro con la zona del plexo lumbar, y el
tercero con las partes bajas.
            La zona alta del alma se inserta en la escota-
dura etmoidal del frontal. Alli, a través de unas
diminutas lengüetas, se produce una vibración
que permite el encendido de la conciencia. Es-
ta vibración pasa por la “caja del mantel de
Fretless”, zona de líquidos donde asientan el
fervor, el ansia y la benevolencia. Esta caja o ca-
nal es irrigado por la sangre en toda su exten-
sión, hay celdas y celdillas y en cada una de
ellas se ensayan modos diferentes del compor-
tamiento.
            La zona del plexo lumbar presenta una curva
cuya concavidad está vuelta hacia atrás. Allí, en
el ángulo diedro, entre los cuerpos vertebrales
y las apófisis transversales se encuentra el
“conducto de la sibila” que viene desde la zona
media del alma. Por este verdadero emisor de
enigmas, coadyuvan los misterios de la infan-
cia, lo vivido y no recordado, lo sagrado, la ley
del padre.
            La zona baja o plana del alma, es una gruesa
vía que comunica el conducto deferente y el
eyaculador con las vesículas seminales. Esta
gruesa vía también recibe el nombre de “La ve-
na de más". Por aquí transita un elemento lí-
quido que, junto con un gas, constituyen la ba-
se orgánica de los sueños.
            Los sueños de contenido erótico aniquilan
el fluido dejando en estado puro al gas, que tie-
ne propiedades fecundativas.
            Resumiendo: los tres orificios del alma res-
ponden a una ética (zona alta), a una Ley (zona
media), y a una naturaleza (zona baja).


Alberto Muñoz, Tratado de Verdugos, Filofalsía, 1989


Poema de la piedad




VII

A pesar del señor,  a pesar de la vara.
Ya no es sólo mía, mi muerte:
su sueño se desnuda y muestra
los vientres claros, la intacta ágata,
el abbramu alto. Los perros calientan las camas,
los perros, mi sangre, mi muerte cotidiana.

Nos damos, a la yegua dorada,
a la boca de heridas, al vino moroso.
Cuesta el amor sin la bestia,
el saco de otoño puro,
la honda de blancura,
el remoto bosque, el cántaro blando.
Hay una pared de amarillo lloro.
Mis rodillas están lamidas.
Tus pechos están lamidos.
Las cuclillas, los niños acechados. La suma del dolor,
como un cuerpo
dentro de mi cuerpo.
Los hilos se restauran,
siempre.

Roberto Raschella, Malditos los gallos, Finnegans, 1979


60 din




como una partitura se repite el camino
el peaje
un dedo en auto-stop
los puestos de comida al paso

el camionero sin dientes me cuenta cómo
levanta aceitunas de las calles de bahía
y las conserva
yo repito 100 veces sí
siempre hago dedo

repito
dejá que chiflen los vientos
detrás del vidrio llueve con sol
se casa una vieja
y este pueblo se está llenando de cactus
luego de los ravioles casi caseros
del resto mar azul
me baja una pesadez de duelo
la cocinera estaba triste
pagué
salí
el asfalto cocía las últimas gotitas de lluvia
algunas manchas de aceite formaban mariposas


(...)


Paula Yende. 60 din. Llantodemudo, 2006


La taza




una taza   un sobre en el que la lengua impone un

poder; las uñas esmaltadas de rojo y tres desnudas
cebollas en el mármol
        no deberíamos acercarnos a esa brus-
quedad del objeto que satura como un golpe
        no deberíamos ser honestos en el terror.
Mejor palidecer como esa línea de álamos en la tormenta.
Mejor estar callada mientras la fiebre unta las sienes con
grasa de ciervo
mejor esperar a que las hojas del nogal apacigüen el sende-
ro de piedras rojas. Parques con una pálida herida de
mármol pierden su agua rara, lastimosa hundimientos
en la frondosa oscuridad.

        no deberíamos acercarnos a objetos tan
nítidos.
Zonas que no conocen piedad

Leonor García Hernando, Tangos del orfelinato : Tangos del asesinato, Colección Mascaró, 1999

La trucha negra



Se encorvan sobre el agua nocturna
graduados en económicas,
doctores en la divinidad;
la trucha inhala y se va,
su brillo granate es un rizo
tuyo que se deshace en el baño,
un suspiro que sube
desde los sótanos de tu oficina.


Eugenio Montale. La tormenta y otros poemas. DVD poesía, 2003.



Diario de duelo



        27 de octubre
  


- ¡No ha conocido usted el cuerpo de la mujer!


- Conocí el cuerpo de mi madre enferma, moribunda






          29 de octubre


Idea -que causa estupor pero no desolación-
que ella no ha sido “todo” para mí. Si no, yo no
habría escrito obra. Desde que la cuidé, desde hace
seis meses, efectivamente, ella era “todo” para mí,
y olvidé completamente que había escrito. Yo era
perdidamente para ella. Antes, ella se hacía trans-
parente para que yo pudiese escribir.


Roland Barthes, Diario de duelo, Siglo XXI, 2009.


        

Buscó







Buscó debajo del tronquito
en el centro del pastel de cumpleaños
debajo de los almohadones
de esas macetas           y nada.
Corrió la voz de la madre que recomendaba cuidado
la de la abuela que decía dejalo corrió
la mano del padre que quería encenderla                     el fósforo
que había chirriado. Corrió también niño al niño.
Corrió el día de Navidad.
Corrió a un costado el peligro del fuego
y entonces filmó.
Chispas.
Lucecitas de vida corta.
Poesía hecha con lo que antes hubo.


Majó Abeijón. Sobrevivir a la luz. Limón, 2005.

La llave



Para poder llorar los hijos
toman prestado el rostro de la abuela muerta
Dios sigue siendo una piedra que se llena
de musgo en el jardín del lado

Con la memoria en llamas
en medio de una lucidez terrible
    tiemblo    me empapo
sigo encontrando trozos de espejo en las veredas
un candado habita en la puerta de la iglesia
cruces de alquitrán sin nombre
palpitan bajo nuestros pasos
Alguien dijo que este día
    sería    frágil
como la muerte

Con un beso ciego atravieso el silencio
y me hundo en la pupila de esta noche inabarcable

Yenny Paredes, Lof Sitiado: Homenaje poético al pueblo mapuche de Chile, LOM Ediciones, 2011.

Post aetatem nostram




(...)

V

Pegada en los paneles callejeros,
en la "Epístola a los gobernantes",
un famoso y conocido citarista del lugar,
hirviendo de indignación, escribe valeroso
un llamamiento a retirar al Emperador
(en la siguiente línea) de las monedas de cobre.

La muchedumbre gesticula. Jóvenes,
viejos canosos, hombres maduros
y heteras instruidas
afirman al unísono
que "antes esto no ocurría", sin precisar,
no obstante, qué es exactamente
"esto":
          valor o servilismo.

La poesía, según parece, consiste
en la ausencia de fronteras claras.

El horizonte es de un azul insólito.
Rumor de la marea. Como un lagarto
en marzo, cuan largo es, sobre una roca
seca, ardiente, un hombre desnudo
pela almendras que ha robado. Algo más lejos
dos esclavos encadenados uno al otro,
dispuestos, se diría, a darse un baño,
se ayudan entre risas a quitarse
los harapos.

            Es increíble el calor;
y el griego se arrastra roca abajo,
ojos en blanco como dos dracmas de plata
con las efigies de los nuevos Dioscuros.



Joseph Brodksky. No vendrá el diluvio tras nosotros. Galaxia Gutemberg, 2000.


EL ORDEN IMPROBABLE




Entre los círculos frígidos del pensamiento conceptual hay un pensamiento que juega ingenuamente y sin reflejarse, como un florecimiento de fuerzas vivas y de fecundación; un pensamiento que se confunde con esa fluidez de la que no somos sino formas y frecuencias, solamente colores, olores y resistencias, relaciones de energía y concentraciones moleculares.

La reja del arado revuelca en ella grandes terrones negros aún húmedos de un resplandor de origen, y no es sino un agujero de más en la imagen que reflejan los espejos entre sí. Al viento de las estaciones envejece el enigma de nuestros rostros, de nuestras voces. Las arrugas profundas enrían las ráfagas de luz indiferente.

Lorand Gaspar. Acercamiento a la palabra. FCE, 2007.


Como la nieve en Los Alpes



(…)
El ave negra, que en el pico lleva el almuerzo
a San Antonio en su lugar del desierto,
es quizá la que siempre
vuela cerca de nosotros,
con el corazón de cristal,
de la que otro hombre santo
del último día anuncia
que cagará en el mar
de forma que hervirá el agua,
la tierra temblará y la gran ciudad
de la torre de hierro se alzará en llamas,
el Papa se acurrucará en una gabarra
y caerá la oscuridad
donde la negra caja caiga,
un polvo amarillo y gris
cubrirá la tierra.

W.G. Sebald. Del natural. Anagrama, 2004.









Coágulos




Después,
en el camino
hacia la estación
para tomar el tren,
aprieto bajo la planta de los pies
los frutos de los paraísos
que bordean la calle.

Son unos coágulos
que revientan
en la vereda
y salpican una tinta oscura.

Sin embargo esas marcas
son inservibles
para otros que leen
en los mismos mosaicos
gastados y sucios
el dibujo de las señas.

El oráculo se cumple de todas maneras
y en cualquier país de oriente o Latinoamérica
estalla una guerra
en el mismo minuto
en que yo aprieto
ese coagulito bajo mi metatarso.
Y alguien en Lanús
hunde un arma
en el vientre de su madre
y dispara.

El eco de ese disparo
suena bajo mis pies
y trepa por mis piernas
sin abrazarme.
Va dibujando un recorrido,
un mapa de líneas rojas
que parecen tener un olor
parecido al de la sangre.

Ángela Pradelli. Un día entero. Del Dock, 2008.








En las terribles alturas, un fuego fatuo...




En las terribles alturas, un fuego fatuo:
¿acaso un astro así refulge?
Astro transparente, fuego fatuo,
tu hermano, Petropol, muere.

En las terribles alturas arden los sueños terrestres,
un astro verde refulge.
Oh, si eres un astro, hermano del agua y del cielo,
tu hermano, Petropol, muere.

Una monstruosa nave en las terribles alturas
navega veloz, alada.
Astro verde, en bella miseria
tu hermano, Petropol, muere.

La primavera transparente sobre el negro Neva
se quebró. La cera de la inmortalidad se consume.
Oh, si eres un astro, Petropol, mi ciudad,
tu hermano, Petropol, muere.

Osip Mandelstam. Tristia y otros poemas. Igitur, 2000.










ELADIÓS DE LA LUCIÉRNAGA




Sólo ella sabía cuánto tiempo
se arrastró por la piedra
hasta que la mata le afilase
las alas fuertes.

Después todo cedió
a la simplicidad del sol.

La noche la expulsó a la órbita
del hombre
y ya no existían ni cuerpo
ni alas.

Solamente la luz entonces dijo
que existía nuestra vista.

Y mudos mirábamos largamente
cómo el insignificante gusano
se transformaba
en estrella.

Mateja Matevski. Luciérnagas. Del Zorrito, 2011