Canción, hendija y madera





Muelle el medio día
cien
las rabias de centímetros
serradas
sin aristas vivas siguen
no era todavía, no estaba, vendría
qué pasado inexistente
obligaba a caminar
las lustradas por los pasos cachacientos
carreritas peligrosas, aliado, al caer
contra los pedazos toscos de tierra mojada, piedras lisas
apiñando los pilotes como vigas verticales o andamio reforzado
soportando las maderas perpendiculares allanadas,
los caminantes vacuos, las mujeres aburridas y los inertes
pescadores colgados de las cañas apoyadas en los tirsos apaisados
bordas del mismo muelle como puente hasta la casa alta
y a dos aguas de altura
blanca y más lejos, esperando
entre las maderas, los pilotes, las barandas y la casa
el río avisaba
no por las olitas contra las barras,
por las líneas anzuelos de los inertes,
por la estrechada senda ni por la borda movible
sino
a causa primera de
las hendijas entre una
y otra tabla
en el momento en que
violentamente
el ángulo de los ojos
se mudaba de la raya horizontal distante
noventa grados sin intermedio
a la caída a pico hacia el agua inestable, enervada
revolviéndose por franjas secas
entre las hendijas del importuno muelle
medio día
mes de verano y otoño.
año de malconciencia pecadora
espiando como se diera, las hendijas.


Susana Cella. Río de la Plata. La Bohemia, 2001.


EN EL BOSQUE DE PINOS DE LAS MÁQUINAS




a Ricardo Zelarrayán

Máquinas vastas, máquinas fastuosas, máquinas enamoradas
de su trivial reiteración
cíclicas, lineales o iterativas: igual, indiferentes a la finali-
dad que les reclaman
órganos imantados por una sobrecarga de fines, medios
causas y condiciones que nadie imputaría a la voluntad
sus creadores
ni a la subordinación de los últimos que creyeron en ellas

Sumisión temblorosa a ritos, voluntad sostenida a gritos
voluntad de unas máquinas tenidas por expresión más
alta del amor en un tiempo mecánicamente acariciado
en estos tiempos que pocas veces terminan de vislumbrar
—en sueños— los creadores que las sirven

Máquinas superadas, despojos solitarios que en lo obsoleto
—su modo de morir— recuperan las marcas de su nacimiento

La voluntad de sus agentes
la voluntad de los que crean dispositivos a semejanza
imágenes de su pasión
la voluntad de quienes los operan aguardando un destino
mejor
la voluntad de servir sirviéndose cada cual a su turno del
azar ordenado y el cálculo
la voluntad de la monotonía y de las sucesiones del azar
y el cambio

El cambio
el cambio y su repetición
los reflejos

Hay máquinas pulidas que reflejan la luz deliberadamente
para evocar esa iluminación que no deben referir sus
manuales
empecinadas, opacadas, fresadas, empavonadas, tibias, pa-
vas, apabullantes
máquinas relegadas a contener la ebullición
o a detener el mundo en el instante en que incandece la
materia

Máquinas mudas, que callan o que, encalladas en los bal-
díos que rodeaba el zanjón, parecen a punto de gritar
fósiles demasiado recientes: metas fraguadas en metal
tempranamente desaparecidas

Máquinas irisadas, máquinas de contar y máquinas que
cuentan con tu pasión o que descuentan el tiempo rema-
nente de un juego
juego de los poetas, o de los chicos, o de hombres grandes
que apuestan a números, a caballos numerados o a códi-
gos binarios que representan el resultado de cotejar gru-
pos de once y once hombres parecidos
máquinas de once sílabas medidas
falsa arbitrariedad de la medida de las formas

Máquinas indecisas que nunca se detienen
máquinas divididas que se montan en aniversarios y catástrofes
y devuelven por unos días a la memoria el viejo
tema de la verdad
catequistas, instructores de vuelo, profesores de filosofía
partes del todo remuneradas para atenuar el miedo
colaboradores de la prensa: remunerados para testimoniar
las virtudes del fraude y no se entiende bien qué tipo de
goce vinculado al fraude
colaboradores de Clarín: captados por las cámaras para do-
cumentar una alegría de servir, aggiornatti.


Fogwill. Partes del todo. Sudamericana, 1998



Castigos



espiando por la cerradura del ropero adivinó que el hombre de
la bolsa
era un ángel vacío.

no la agobió la ducha helada
sino el vapor de sus lágrimas perfectas

la llevaron al cuarto donde estaba el perro
le hizo escuchar su corazón
y sintieron el terror
haciendo reverencias

se negó a tomar el mate cocido
(allí flotaba el pulgar del fantasma)
la Enfermera cortó los dedos del estupor
uniéndolos en la súplica a la Virgen

susurraba:
“jamás volveré a hacerlo
volveré a hacerlo”
pero la sonrisa del látigo
abría y abría
su ortopedia.

Alejandro Schmidt, Átomos, Casi Incendio la Casa, 2009


Cuestiones



Yo no sé si emigraron

los cielos extraviados que se buscan a tientas.


Yo no sé si defiende la noche el equilibrio
del animal que aúlla a la deriva,
si el olvido se acerca galopando,
o golpea temprano en las ventanas
del hombre que aún acecha.


Nunca supe siquiera dónde vive la muerte,

dónde están su taller,

sus herramientas.

Máximo Simpson, A fin de cuentas, Del árbol, 2008


Anábasis


(...)


Este es el tren del mundo y no puedo sino hablar

bien de él. —Fundación de la ciudad. Piedras y bronce.
Fuegos de zarzas en la aurora
        pusieron al desnudo esas grandes
        piedras verdes y aceitosas como fondos de templos,
de letrinas,
        y en la mar el navegante alcanzado por nuestros
humos observó que la tierra, hasta su cumbre, había
cambiado de imagen (grandes artigas vistas desde alta
mar y esos trabajos de captación de aguas vivas en la
montaña).

        Y así la ciudad fue fundada y colocada en la mañana
bajo las labiales de un nombre puro. Los campamentos
desaparecen de las colinas. Y los que allí quedamos en
las galerías de madera,
        la cabeza desnuda, los pies descalzos en el frescor del
mundo,
        ¿de qué, pues, nos reiremos; sí, de qué nos reiremos
        desde nuestros asientos, ante un desembarco de muchachas y mulas?
        ¿y qué vamos a decir, desde el alba, de todo ese
pueblo bajo las velas? - ¡Llegadas de la harina...! Los
        navíos, más altos que Ilión, bajo el pavo real blanco del
        cielo, habiendo franqueado la barra, se paraban
        en ese punto muerto, donde flota el cadáver de un
asno. (Se trata de encauzar ese pálido río, sin destino,
        un color de langosta aplastada en su savia.)


Alexis Saint-John Perse, Anábasis, Visor, 2002